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La Competitividad no es lo importante…
por: Alfredo Esponda Espinosa
El 18 de diciembre de 2005 los bolivianos elevaron a la más alta magistratura de su país a Evo Morales cuyas primeras declaraciones fueron: “Quechuas y aymaras, somos presidentes. Comienza una nueva historia para Bolivia basada en la igualdad, la justicia y la equidad. Vamos a ir fortaleciendo un movimiento político en Latinoamérica que pueda frenar la soberbia del imperialismo estadounidense”. Por su parte, el vicepresidente Álvaro García Livera no se quedó atrás al afirmar: “Se acabó la era neoliberal y colonial en Bolivia. El Estado recupera la propiedad de los hidrocarburos y de la Tierra”.
Estos discursos incendiarios donde se anuncia “La cancelación de más de 70 contratos de explotación con los que operan las petroleras trasnacionales y donde los impuestos se elevarán del 18 al 50 por ciento”, nos confirma que la competitividad no es lo importante, sino la justicia, la igualdad y la soberanía nacional.
En el mismo tenor seguimos escuchando al dictador de Venezuela, Hugo Chávez y al de Cuba, Fidel Castro.
Este mismo heroísmo verbal lo vivimos en México en la docena trágica 1970-1982 con los presidentes Echeverría y López Portillo.
¿A dónde nos ha llevado a los países Latinoamericanos esta verborrea? A más miseria, a más desigualdad y a más corrupción.
Es evidente que todos los países anhelemos lo mismo: desarrollo y bienestar ampliamente distribuidos en toda nuestra población; sí pero ¿Cómo alcanzar tan elevados propósitos?
En esa búsqueda nuestro país, ha recorrido una odisea volátil. El Fondo Monetario Internacional (FMI), el World Economic Forum (WEF) y el Instituto de Desarrollo del Management (IMD) publican sus listas cada año. Lo que vemos es que en lugar de avanzar, retrocedemos. La economía mexicana tuvo un crecimiento anual del 1.8% durante el sexenio de Fox, del 5% con Zedillo y, antes de 1941 a 1982, alcanzamos más del 6% anual, pero vinieron Echeverría y López Portillo y rompieron ese crecimiento, endeudaron al país y propiciaron una inflación desbordante que alcanzó el 88% anual durante el sexenio de Miguel de la Madrid. Nuestra moneda se devaluó y de $12.50 por dólar sostenido durante 22 años, en el 2005 llegó a valer 11,000.00 por un dólar. ¡Claro! Como a Pedro Aspe se le ocurrió el artificio de quitarle tres ceros, hoy se dice que el dólar vale $11.00
Si México ocupa el lugar 55 en las listas de competitividad mundial realmente no tiene importancia y menos aún que ocupemos el lugar 46 en productividad.
En producto interno bruto per cápita estamos en el lugar 62 mundial. En cuanto a investigación y desarrollo quedamos más allá del 40.
En síntesis, hay datos absolutos y datos relativos.
En cuanto a datos absolutos somos gigantes: estamos entre las primeras 12 economías del mundo, en población somos la número 11 y en territorio ocupamos el lugar 15. Sin duda, nos ha favorecido que los grandes países se han fragmentado: ya no existe la Unión soviética, Yugoslavia se partió en tres, Checoslovaquia en dos. Esto equivale a que en México aceptáramos que los huastecos tuvieran derecho a constituir su propio estado independiente al unir las cuatro Huastecas: Potosina, Tamaulipeca, Hidalguense y Veracruzana.
Esta separación que ha habido en algunos países del mundo es una contracorriente que se enfrenta al espíritu globalizador.
En este sentido, las fragmentaciones han colocado a México entre las potencias por sus dimensiones geográficas, económicas y poblacionales. Pero, ¿Es eso suficiente? ¿Esos son los datos que nos conducen a posiciones de privilegio?.
Por supuesto que no. Cuando pasamos a los datos relativos, aquellos que nos comparan cualitativamente con otros países, nos desplomamos a posiciones inaceptables y tenemos que concluir que nos caracterizan datos entristecedores y vergonzantes:
- Bajos niveles de productividad
- Bajísimas calificaciones en competitividad
- Pobrísimas cifras de ingreso-gasto por cada mexicano
La analogía que se me ocurre es como tener al equipo de fútbol con la nómina más elevada y los jugadores más reconocidos, como el América en México y el Real Madrid en España y no obstante esa inversión enorme, no sólo no ganar el campeonato sino figurar en lugares muy abajo en la tabla.
Pero eso no es lo importante, lo que sí debe preocuparnos es que esos datos son consistentes con nuestra incapacidad para sacar de la pobreza a más de 40 millones de mexicanos que viven en condiciones de franca miseria.
Esto ocasiona también que tengamos unas escuelas pobres, un bajísimo nivel educativo y que, a la investigación y el desarrollo dediquemos menos del uno por ciento de nuestro producto. A todas luces insuficiente para revertir nuestros retrasos.
Los datos macroeconómicos son importantes porque nos permiten entender las enormes dificultades que deben enfrentar los empresarios para triunfar en los negocios.
La competitividad es un índice. Se toma una lista de factores y se establecen comparaciones contra el mejor y así es como unos países suben su calificación mientras que otros la bajan. El indicador en competitividad es totalmente relativo. Nadie podría decir que es el líder absoluto; sin embargo, nadie duda al ver la lista encabezada por Estados Unidos, Finlandia, Suecia, Suiza etc., de que son los países más competitivos. El dato del PIB de cada país es más creíble, pero aún así, no existe un minucioso método de medición aplicable a todos los países. Como ejemplo, tomemos el caso de China, apenas hace cinco años tenía un PIB inferior al de México. En 2005 al cambiar su método de cálculo al agregar servicios que antes no hacía, ya tiene un PIB de 1932 billones de dólares y se coloca en el cuarto lugar mundial después de Estados Unidos, Japón y Alemania.
Números más o indicadores menos lo que importa es lo que significa para la población. La belleza del auge chino es que 250 millones de habitantes han sido rescatados de la pobreza en menos de 20 años y hoy constituyen una clase media que comienza a disfrutar de un nivel de vida equivalente al de los 10 millones de mexicanos ricos. Claro que no ignoramos que todavía les falta nada menos que 1000 millones de chinos más, pero al ritmo que van y con las reformas que han hecho no cabe la menor duda que lo conseguirán.
Si China logró el cambio radical en 20 años ¿Hay otros países que puedan aspirar al desarrollo?
Por supuesto que sí. Tenemos a España, Irlanda, Polonia y la República Checa. Antes, de 1950 a 1980 (en 30 años) Japón le dio un vuelco radical a su economía. El nivel de vida del pueblo japonés se fue a las nubes. Otro caso es el del pueblo Alemán con gran éxito. Entonces, ¿Se puede transformar un país para hacerlo competitivo mundialmente y brindarle a su pueblo una mejor calidad de vida?
Ya lo creo que sí. Lo que debemos hacer es comparar los modelos económicos, hay unos que sí funcionan y hay otros que no. Cuando al líder chino Den Xiao Ping se le cuestionó que estaba trastocando las bases del modelo comunista, él contestó: “el color del gato no importa, lo que queremos es que cace ratones”. Si los chinos comunistas han llevado a cabo reformas estructurales que permiten un capitalismo acelerado, ¿Qué esperamos en México para actuar? ¿Seguiremos con el discurso izquierdizante al estilo Hugo Chávez y Evo Morales? ¿En qué consisten los cambios hechos por China, España, Holanda, Polonia y la República Checa?
Veamos algunos de ellos, no sin antes advertir que nuestros políticos sabrán discernir las diferencias para aplicarlas con efectividad y no convertirnos en meras copias que no funcionan.
- Simplificación fiscal: en todos estos países, pagar impuestos es sencillo y directo.
- Tasas impositivas más bajas.
- Costo-país menor. Las carreteras, la electricidad, los teléfonos, los servicios públicos, en general, no deberían estar a costos más elevados que en los países con los cuales competimos
- Seguridad a la inversión y facilidades para establecerse garantizando reglas claras y estabilidad para el largo plazo.
- Política educativa que incentive el estudio de las carreras técnicas.
- Estímulos a la capacitación vía descuento impositivo y no creando elefantes blancos de alto costo para el erario con nóminas altas de funcionarios, secretarios y choferes de lujo como Compite, Crece y otros fideicomisos que no cumplen con su objeto social.
- Desbaratar los cacicazgos sindicales que tienen ahorcadas a las empresas públicas, sin un auténtico beneficio para los trabajadores.
- Disminuir la tramitología que hay en todas las secretarías, no obstante los esfuerzos de simplificación administrativa que llevan varios sexenios.
- Favorecer la inversión extranjera que atraiga capital y tecnología para modernizar nuestros sectores primarios.
- Establecer condiciones que fomenten la investigación y el desarrollo de patentes.
- Y muchas más, pero no demasiadas. En México necesitamos un derrotero claramente establecido, con una filosofía política aceptada y compartida que nos una a los 106 millones de mexicanos.
- Si ese marco macro-económico no se establece es de esperar que las empresas mexicanas sigan sin poder competir en el agresivo mercado globalizado que ya estamos viviendo. Es posible esperar un retroceso en este ambiente de apertura. Los consensos mundiales los están fortaleciendo; por ello, más nos vale fortalecernos. Ahora bien, ¿Cómo afecta la competitividad internacional a la empresarial? De muchas maneras. Un buen ejemplo para los mexicanos es nuestra cerveza. Es tan buena, que las importadas tienen un papel marginal.
El caso del cemento. Su crecimiento agresivo ha convertido a Cemex en la tercera cementera más importante del mundo.
Las industrias de autopartes y de electrónica contribuyen fuertemente a las exportaciones con más de 20,000 millones de dólares. Pero no todo es miel sobre hojuelas. Hay casos difíciles y aparentemente inexplicables. ¿Cómo es que el Real Madrid con sus “galácticos” no logra ganar sus partidos frente a equipos claramente inferiores? ¿Cómo es que la General Motors tiene que cerrar 19 plantas y despedir a 30,000 trabajadores en 2005? ¿Cómo es que la Ford inicia 2006 despidiendo a otros 10,000 trabajadores?
En síntesis, la competitividad es un fenómeno complejo, consiste en articular armónicamente el conjunto de factores que permiten superar a los competidores.
La competitividad, vista así, debe provocar que seamos capaces de conservar nuestros mercados frente a productos importados y ello con precios competitivos derivados de una buena organización y altos niveles de productividad, nunca por pagar bajos salarios y ahorros real entendidos. En este sentido, el marco donde opera la empresa está fijado por la macroeconomía.
Esta situación nos conduce a tener empresas que siguen produciendo con métodos rudimentarios, máquinas obsoletas y una mano de obra ingeniosa pero que, por falta de capacitación, resulta incapaz de producir bienes que no pueden competir por su calidad y entonces abaraten sus precios, con lo cual empeoran su situación, porque sin margen razonable no hay manera de revertir el círculo vicioso de mala calidad, bajos precios, rentabilidad nula, cero reinversión, y nada de capacitación.
Recuerdo con tristeza, las escenas a un lado de los grandes centros turísticos como Xochimilco, Teotihuacán, Uxmal, Mitla, etc., donde los indígenas venden sus bordados a precios inaceptablemente bajos y todavía aún así escuchar el regateo de dichos precios. Actitud de regateo que esos turistas no se atreverían jamás a plantear en Wal-Mart, Sears, y otros centros comerciales.
Toyota, por ejemplo, se fijó la meta desde 1960 de ser la empresa automotriz más grande del mundo y la mejor. Esta meta la fijó para el año 2015. Ante la gravedad que afecta a General Motors - líder mundial durante más de 70 años – Toyota conseguirá su meta para antes del 2010. En 2005 logró ventas superiores a las de Ford y utilidades por más de 12,000 millones de dólares.
Este dato nos lleva a pensar que los factores competitivos clave en la industria automotriz están siendo muy bien manejados por Toyota y fueron perdidos de vista por General Motors. Un hecho que demuestra la diferencia: Toyota va a lanzar en 2006 un auto que correrá a tan solo 6 km., por hora ¿Qué mercado quiere atacar? El de los viejitos, en vez de sillas de ruedas tendrán su TAO-LIGHT con todas las facilidades instaladas para ascender y descender, especiales para individuos con capacidades diferentes. Este es un mercado de alto crecimiento en Japón, Estados Unidos y Europa, General Motors está tan ocupado apagando fuegos que no tiene tiempo de pensar en mercados emergentes. Lo mismo sucede con las empresas mexicanas. Están más ocupadas con problemas fiscales y financieros, que no pueden dedicarse a abrir el horizonte y descubrir mercados más atractivos.
El informe 2005 del Banco de México aporta estos datos alarmantes:
En el período enero – agosto de 2005: 101 países alcanzaron a tasa anual un mejor desempeño que México en cuanto a sus exportaciones a Estados Unidos.
Las importaciones procedentes de México en Estados Unidos ya son únicamente el 10% con tasa descendente en los últimos seis años descontando al petróleo.
México ya no es el segundo socio comercial de estados Unidos. Bajó al tercero, desbancado por China que del 10.78 está pasando al 15% y Canadá conservando el primer lugar.
Tan sólo esta pérdida de participación en el mercado estadounidense representa más de 250,000 empleos anuales.
Este aspecto de la pérdida de competitividad, pasa por el descenso de la productividad. Una explicación sucinta me viene a la mente. Hace algunos años hicimos un diagnóstico de productividad en una empresa trasnacional que elabora formas continuas. El problema estaba definido en estos términos:
Si aquí en México pagamos salarios más bajos ¿Cómo es que en Estados Unidos el costo de cada forma impresa es menor? Después de mucho investigar y comparar surgió la respuesta reveladora: las máquinas que estaban usando en Estados Unidos eran totalmente electrónicas precisas y no requerían alto desperdicio porque salían a la primera. En cambio, los impresores mexicanos trabajan con las mismas máquinas que los estadounidenses habían usado antes durante quince años, por tanto, requerían ajustes constantes, mantenimiento permanente y su desperdicio obligatorio rebasaba el 10%. No había comparación, por más que se esforzaran jamás alcanzarían aquellos niveles de productividad.
Un caso similar lo encontramos en la maquila de ropa donde los patrones de los vestidos son dibujados a lápiz y luego cortados a ojo de buen cubero. Mientras, en el sector moderno todo se traza con programas sofisticados de cómputo.
Estas diferencias tecnológicas se sostienen gracias a la sobre-explotación de costureras que trabajan a destajo y sin prestaciones sociales.
Lo mismo sucede en la agricultura donde los surcos se hacen con bueyes y arados frente a la modernidad que utiliza maquinaria avanzada. Mientras unos agricultores apenas subsisten, otros son auténticos millonarios.
En cada sector de la economía encontramos estas diferencias que, lamentablemente recargan más el lado negativo que el positivo. Por ello, mientras el marco macroeconómico no sea modificado, las unidades microeconómicas seguirán estancadas en lo general y solamente unas pocas destacarán del conjunto por haber encontrado el camino correcto hacia una mayor productividad.
Es por esto que apreciamos que la competitividad, no es lo importante, lo que es determinante es la manera en que producimos, comercializamos y negociamos porque ello determina los sueldos que pagamos, las prestaciones que brindamos y las contribuciones que hacemos al erario, en este sentido, la competitividad es un indicador que sintetiza nuestros esfuerzos al compararnos con otros y no solamente frente a nosotros mismos, o lo que es lo mismo, ya no basta con mejorar frente a lo que hicimos el año anterior, ahora hay que asegurarse que, además, mejoramos frente a los que compiten con nosotros porque si no es así, vamos a terminar arrollados y llorando nuestra mala suerte, en vez de erguirnos orgullosos por habernos transformado bien y a tiempo.
Lic. Alfredo Esponda Espinosa
Director General de Cencade
www.cencade.com.mx


